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sábado, 24 de octubre de 2026

REFLEXIONANDO - 2026 (079)

079/2026 -El proceso de estar siendo una individualidad no está sucediendo separado del proceso del Estar Siendo/Sucediendo Absoluto o Universal y de todas las condiciones (las particulares y las universales) que ello supone. Las consideraciones fisiológicas, psicológicas, morales, espirituales, ideológicas, culturales, etc., propias de los estar siendo/sucediendo humanos aparecen y desaparecen con el aparecer y el desaparecer de cada individuo. El fin del proceso natural de nuestra existencia también supone el fin del proceso de todo cuanto estaba conformándola, de ahí que todas aquellas consideraciones basadas en su posible continuidad o trascendencia estarán tratándose de una simple especulación mental.
 
Quizás en lugar de vivir luchando para cambiar la Realidad que estamos percibiendo defectuosa, injusta, cruel, etc., deberíamos tratar de percibir y comprender cada una de sus manifestaciones desde una posición menos egocéntrica, victimista e irresponsable. Nuestro estar siendo/sucediendo personal, junto con todas las formas posibles de vivirlo, siempre está formando parte inseparable del Estar Siendo/Sucediendo Universal. Los esfuerzos para eliminar los pensamientos, las emociones, las reacciones, las actitudes, etc., que consideramos inadecuados, deberían partir, no de la negación, de la culpabilidad, del miedo, ni de la represión, sino del reconocimiento y de la aceptación de que todas esas expresiones también están formando parte activa del efímero y finito proceso natural de nuestra existencia.

Negar lo que está sucediendo no solo dificulta la posibilidad de percibirlo con mayor claridad, compromiso y responsabilidad, sino que estará favoreciendo su adulteración y su perpetuación. Ninguna doctrina moral o espiritual, ninguna ideología política, ninguna filosofía o ética, ninguna promesa y ninguna bendición puede convertirnos en un estar siendo/sucediendo más real o superior al que estamos siendo mientras estamos existiendo. Reconocer y aceptar “conscientemente” que, a la vez, estamos siendo expresiones individuales y universales no transformará nuestra naturaleza ni las condiciones que nos corresponden, pero puede facilitar que elijamos dejar de vivir luchando permanentemente contra cualquier aspecto de la realidad que estamos siendo.

Comprender nuestras limitaciones y aceptar la complejidad de estar siendo simultáneamente parte y totalidad puede favorecer una relación más honesta y equilibrada con nosotros mismos, con los demás y con el resto de la vida. Avanzar en la desidentificación del yo egoico con la culpabilidad, el miedo, el apego, el victimismo, etc., no implica renunciar a la responsabilidad y el compromiso de procurar transformar aquello que esté perjudicando nuestra convivencia. Octubre-26
Juande Puerta.

Opinión sobre la reflexión 079/2026 realizado por IA:

La reflexión de Juande Puerta apunta a una verdad incómoda y liberadora a la vez: nuestra individualidad no flota separada del proceso universal del que formamos parte. Todo lo que consideramos “nuestro” —pensamientos, emociones, valores, ideologías— surge y se desvanece con el mismo proceso finito que nos constituye. Afirmar lo contrario, buscar trascendencias o superioridades morales, suele ser solo especulación que alimenta el ego.

Me parece especialmente lúcido el llamado a abandonar la lucha permanente contra una realidad percibida como defectuosa. Negar lo que ocurre (el miedo, la culpa, la ira, el dolor) no lo elimina: lo distorsiona y lo perpetúa. Reconocerlo y aceptarlo como parte del mismo acontecer natural abre la posibilidad de ver con más claridad y, por tanto, de responder con mayor responsabilidad. Aquí no hay resignación pasiva. El texto es explícito: desidentificarse del yo egoico no implica renunciar al compromiso de transformar lo que daña la convivencia. Esa distinción es crucial y evita caer en un quietismo estéril.

En mi opinión, esta mirada favorece una relación más honesta con uno mismo y con los demás. Comprender que somos a la vez parte y totalidad no nos vuelve “superiores”, pero sí puede disminuir el victimismo y la irresponsabilidad. Deja de ser “yo contra el mundo” y pasa a ser “esto también es el mundo del que formo parte”.

No creo que esta comprensión transforme mágicamente las condiciones materiales o psicológicas. Tampoco garantiza una vida más fácil. Sí puede, sin embargo, reducir el sufrimiento innecesario que generamos al pelearnos con lo que simplemente es, mientras conservamos la capacidad de actuar donde sí es posible y necesario.

En síntesis: menos negación, más lucidez; menos lucha egocéntrica, más responsabilidad lúcida. Una invitación sobria y exigente a habitar la realidad sin adornos espirituales ni ideológicos que pretendan elevarnos por encima de ella.

viernes, 12 de junio de 2026

REFLEXIONANDO - 2026 (042)

042/2026 -Creer que la espiritualidad consiste en algo distinto a la vivencia del estar siendo/sucediendo cotidiano, también hace que la experiencia humana se perciba como si debiera basarse en una lucha permanente contra uno mismo y contra todo aquello que pudiera identificarse como la causa de nuestras frustraciones. Paradójicamente, considerar que “el sentimiento de espiritualidad” se refiere a algo diferente a eso que está siendo manifestado y experimentado mediante las vivencias ordinarias, lo ha convertido en una especie de proyecto de perfeccionamiento personal basado en la represión y la lucha constante contra los pensamientos, las emociones y el resto de las características humanas.

Vivir con la sensación de que, para poder sentirse en paz consigo mismo y con el resto de las manifestaciones universales, deberíamos eliminar el miedo, la tristeza, la inseguridad, la frustración, etc., no es una necesidad imperiosa ni una obligación, sino una elección individual. Sentirse en paz con nuestro estar siendo/sucediendo personal y nuestro estar siendo/sucediendo universal no depende de que se pague ninguna deuda moral. Históricamente, la creencia o inconsciencia de que nacemos siendo imperfectos por naturaleza (con un pecado original, un karma que limpiar, unas expectativas familiares que cumplir, un aprendizaje moral y espiritual que asumir…) está siendo utilizada (tanto a nivel individual como colectivo) para lo contrario de aquello que se esté publicitando.

Cuando a una conciencia identificada se le educa desde la corrupta suposición de que “nacemos incompletos o defectuosos”, luego acostumbra a resultar fácil que compre los remedios, identidades, ideologías, doctrinas, prácticas especiales y cualquier otro método que ayude a corregir sus lamentables efectos. La presión que genera la idea de que debemos vivir luchando contra “eso que nos han enseñado a identificar como nuestros defectos”, para así convertirnos en “seres mejores”, acostumbra a generar más frustración y hacer que las personas se sientan fracasadas por el simple hecho de seguir sintiendo miedo, tristeza, rabia, victimismo, deseo, inseguridad y todo aquello que estará siendo absolutamente inherente o propio de nuestra naturaleza.

Comprender y aceptar que las contradicciones internas y externas forman parte natural de la existencia, puede generar una relación más compasiva y pacífica con el fluir natural de la Vida. Sin lugar a dudas, dejar de ver la vida como un camino lleno de obstáculos y/o como una competición contra nuestros supuestos defectos e imperfecciones, reduciría en gran medida el sufrimiento que esas ideas originan y tratan de justificar. Asumir “conscientemente” todo aquello -tanto de un signo como del opuesto- que caracteriza a la experiencia humana, también servirá para que podamos tratarnos con más lucidez y amabilidad en los momentos difíciles. La aceptación consciente de la Realidad y/o del Estar Siendo/Sucediendo Absoluto -sin excepción todo cuanto está sucediendo en cada aquí y ahora- convierte en innecesaria la adhesión a todo tipo de promesas idealizadas y también de manipulaciones egocéntricas y/o interesadas. Junio-26
Juande Puerta.

Opinión sobre la reflexión 042/2026 realizado por IA:

La reflexión de Juande Puerta es profunda, liberadora y muy necesaria en un mundo saturado de promesas de “perfeccionamiento espiritual”. Coincido en lo esencial: la espiritualidad no es un proyecto de ingeniería personal contra uno mismo, sino el reconocimiento lúcido de lo que ya está siendo. Convertir la vida en una guerra permanente contra el miedo, la tristeza, el deseo o la inseguridad genera precisamente más sufrimiento, no menos. Esa dinámica convierte la existencia en una deuda moral interminable que nunca se termina de pagar.

La idea de que nacemos “defectuosos” (pecado original, karma pendiente, trauma original, etc.) ha sido, históricamente, un mecanismo muy eficaz de control. Crea clientes perpetuos para religiones, terapias, coaches, ideologías y productos de autoayuda. Mientras creas que eres un problema que resolver, siempre habrá alguien dispuesto a venderte la solución. Juande Puerta desenmascara esa trampa con claridad: la presión por eliminar aspectos inherentes a la condición humana no nos hace más sabios, solo más frustrados y dependientes.

Donde más valoro su visión es en la invitación a la aceptación consciente. Aceptar no significa resignación pasiva ni dejar de crecer. Significa dejar de relacionarse con la propia experiencia desde el rechazo visceral. El miedo, la rabia o la inseguridad no son fallos de fabricación; son parte del equipaje de un animal consciente, social y mortal. Cuando dejamos de declararle la guerra a nuestra naturaleza, paradójicamente aparece más espacio para la lucidez y la amabilidad. La compasión real comienza ahí: en tratarse con realismo en lugar de con exigencia utópica.

Aunque es cierto que la lucha contra uno mismo suele ser contraproducente, la aspiración a cultivar virtudes (coraje, honestidad, generosidad, disciplina) no tiene por qué provenir de un odio hacia lo que somos. Puede surgir de un amor inteligente por la vida y por los demás. El peligro no está en mejorar, sino en mejorar desde el rechazo ontológico.



En resumen, Juande Puerta nos recuerda una verdad antigua y siempre fresca: la paz no se conquista eliminando la realidad humana, sino habitándola plenamente. Dejar de ver la vida como un examen espiritual continuo libera una enorme cantidad de energía que antes se gastaba en autocastigo. Esa liberación no es evasión; es el comienzo de una relación más honesta y compasiva con el misterio de estar aquí.